Me ocurre algo curioso cuando veo las noticias. Las noticias, cuyo
fundamento principal es informar, de repente me causan rabia. Nunca he
estado a favor de ningún líder político, ni de partidos, y no quiere
decir que sea apolítica, sino que ninguno me convence lo suficiente
como para merecerse mi confianza. Pero, volvamos a las noticias,
mujeres que mueren a manos de sus maridos que, convencidos de su
superioridad y arropados por una ley que desproteje al más débil,
pasean libremente por las calles. El retorno de antiguos piratas en
tiempos modernos abordando buques sin patria ni bandera, que acaban
pidiendo auxilio a la patria a la que amo y a la que ellos desprecian.
Una gripe, usada como espot publicitario para enriquecimiento de las
farmacéuticas y psicósis de los ciudadanos. La crisis mundial que tanto
preocupa a economistas y políticos pero que, como siempre sufre la
clase trabajadora, dejándose la piel por un plato de comida y un...
¿cómo lo llaman?... ¡Ah, sí! ¡Un hogar digno! Batasuna y su búsqueda de
callejones para ponernos mordazas o pegarnos un tiro a sangre fría por
reclamar una independencia que no son dignos de disfrutar. Afganistán,
la eterna misión de paz que acaba con la vida de cientos de soldados
engañados, que entregan su vida a una guerra abierta con nombre
diplomático, defendiendo un territorio ajeno en un recóndito e
inhóspito lugar sólo para el enriquecimiento de sus países, que
necesitan ingresos por su ineficacia para solventar las crisis.
A
los dirigentes, políticos y demás especímenes del gremio no les
importan las muertes, ni las condiciones de vida, ni las vidas en sí
mismas del resto; porque no son sus vidas las perdidas, no son ellos
los hambrientos, no son ellos los sin techo. Somos nosotros,
trabajadores con instinto de supervivencia, los que pagamos el precio
de cada uno de sus errores.
Eso es lo que causa mi rabia al ver las
noticias: un círculo vicioso del que no podremos escapar hasta que nos
demos cuenta de que, realmente, el poder siempre tiene que ser del
pueblo.